de vuelta a la niña perdida
Atrás quedaron los días de mirarse el ombligo embelesada con los encantos de Haron, mi francés, protagonista de mi propia pasión turca. Acurrucados en el sofá durante un domingo lluvioso mientras no atendemos la película que echan por la tele, ocupados en delinear cada músculo, cada arruga; ocupados en contar pecas y en caligrafiar frases secretas en la espalda para mandarnos mensajes íntimos. Los sábados paseábamos por la playa durante el atardecer, yo perdida en sus ojos rasgados definidos en blanco y negro, de pura raza árabe; él observando los míos del color de la coca-cola. Alabando mi cara bonita de valenciana y bromeando sobre lo mundanas que podemos ser las mediterráneas como decían los versos de Lope de Vega:
«Vengan todos a Valencia: verán en una mujer milagros, fama, y castidad en ausencia.»
Yo le cuento que mi tierra es cuna de la humanidad, ejemplo de su progreso, por lo que atrás dejó hace tiempo los cinturones de castidad que la Edad Media imponía a las mujeres, que no a la valenciana que siempre fue más libre en estos quehaceres, y más divertida.
Da fe, el inocente. ¿En qué mejores manos podía caer esta estatua viviente de los dioses, patrimonio de la humanidad? Que no en las mías que lo van a saber respetar y apreciar como el regalo en amor y placer que es. Como una adolescente he sido entre sus manos.
¡Cuánto nos hemos disfrutado!
Sin embargo, después de meses de rasgarnos, acariciarnos e indagarnos tuvimos que asomar los ojos al exterior.
Y es que no siempre una puede centrarse solo en la felicidad propia, o en la propia tristeza, o en lo mundano de una existencia.
En ocasiones, es el momento de sacar los ojos al exterior. Más bien desear arrancárselos ante el terror de una guerra desigual, o el horror de unas aguas que castigan con un recio poder mi tierra más amada.
Desde mi casa a Gaza, al otro lado del globo, estoy acostumbrada ─pues el conflicto dura más que los años que tengo─, y tenía la desafección habitual cuando las imágenes se repiten e insensibilizan. Pero la cercanía a un hombre con amor hacía las criaturas árabes me ha despertado a una realidad: todos los niños y las niñas lo son del mundo, y no tienen credo. Por su cuerpo no pasa zumo de naranja, sino sangre humana y la barbaridad cuando es continua y desgarradora, desespera. Cada uno se agarra a un dios ─como si no fuera el mismo como yo creo─, unos lo llaman Yahvé y los otros Alá. Hoy por hoy, en nombre de Yahvé se mata de manera inmisericorde, y en nombre de Alá, se muere incluso antes de aprender a andar. Con videos de mujeres con velo, embarazadas, siendo disparadas a bocajarro por insensibles que poco tienen que ver con el dios de todos. Entre ellos son agua y aceite y en su psicopatía, y en su inconciencia, tienen las mismas mentes enfermas.
Harón no dormía por las noches, y despertaba agarrado a la almohada, con lágrimas labrando sus mejillas. ¿Pero qué podía hacer yo? Más allá de arroparlo…
Una madrugada se levantó a las 4 de la mañana, hizo la maleta y tomó el rumbo a la guerra. Aplicar sus conocimientos de oftalmólogo para colorear lo que esos ojos de niños solo ven en marrones y grises. Los colores de la guerra. Lo apoyé sin fisuras, deseé que volviera sano y supe que debía estar agradecida por el tiempo compartido. Una heterosauria con experiencia saber soltar la tristeza, y también las alegrías.
Y volví a mi rutina, entre las clases, los amigos, los paseos y alguna copa de más.
¿Qué he sufrido? En estos relatos nunca lo he contado. Pues solo he mencionado mis desventuras con otros heterosaurios, tan perdidos como yo.
Pues sí lo hice, tuve una infancia y una adolescencia muy complicada por problemas familiares, pérdidas irrecuperables que dejan trauma de por vida y enfermedades que arrebatan cualquier ilusión. Quizá por eso prefiero escribir, reflexionar, antes que llorar.
Sin embargo, la madurez me ha traído mucha paz y alegría, esté en compañía o sola en casa con mis gatas. Nada hasta ahora me había devuelto al estado que sufrí de pequeña. La congoja, la tristeza, el dolor. El pecho horrorizado, las manos paralizadas y el alma descompuesta.
Un tsunami de barro con coches en la cresta ha barrido mi tierra. La madre naturaleza se ha cebado en sus súbditos hasta cegarnos los ojos con fango pestilente. Duro como el cemento, duro como la cara de quien nos debía proteger.
El torrente de los barrancos, la lluvia que nutre y mata, el lodo de la pérdida me ha devuelto a la niña herida, con un dolor perenne en el pecho.
Acompaño el rio de humanos, hombres, mujeres, niños, jóvenes. Arrastran carros de la compra con agua y víveres, palas, escobas bajo el agua tibia del chirimiri, una tregua de las nubes. Cruzan el puente hasta Catarroja, Paiporta, Algemesí, Castellar… Mientras los cadáveres encuentran su salida a la Albufera o al mar en dirección contraria, descontando los desaparecidos conforme son encontrados.
Esta tierra rica, amable, resabiada, cuna de la humanidad ha recibido un golpe de muerte por olvidar su sabiduría. La naturaleza manda y no los encorbatados de negro que ahora imploran reconstruirla. Las espaldas que la reconstruirán serán las mismas que antes cogían los frutos del naranjo, las del pueblo.
Por eso Haron ayuda a los suyos con su bata blanca ya manchada de barro, estetoscopio en mano.
Por eso los vecinos no han esperado a que llegara el ejército ni a los mandatarios y se han lanzado a los caminos, paso a paso.
Como letra a letra, y entre lágrimas yo relato esta experiencia que como heterosauria, no pensaba vivir.
…
Capítulo 6 de Diarios de una heterosauria por Marisa Alemany.
Otros capítulos:
Capítulo1: Diarios de una Heterosauria:
Capítulo 2: Mi amigo lesbiano
Capítulo 3 : Cita en el Tinder: ¡la heterosauria va de caza!
Capítulo 4: ¡¡La heterosauria pilla cacho!!
Capítulo 5: Viaje al interior.


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